Introducción del trimestre:

El propósito del plan de salvación desarrollado por Cristo, mediante el patrón del santuario, es mantener la unión original entre lo divino (cielo) y la humanidad (tierra), dos que se hacen uno, por ser esta la única fórmula existente para estabilizar el gobierno de Dios basado en sus leyes originadoras de la vida eterna al universo. Para ello Jesús no trabaja solo, ha seleccionado un grupo de individuos a quienes les da tareas humanamente imposibles pero que dependiendo totalmente de Él se hacen posibles. 

     Él nunca nos da una tarea sin proveer el poder para realizarla, tal como lo deja claro la siguiente cita inspirada:        "Cuando la voluntad del hombre coopera con la voluntad de Dios, se vuelve omnipotente. Todo lo que ha de hacerse a su mandato puede lograrse con su fuerza. Todos sus mandamientos son habilitaciones".      —Ellen G. White, Palabras de vida del gran Maestro, pág. 333. 

     En la teología, la parte asignada al ser humano se define como una labor “evangelística” o “evangelizadora” y como muestra de esta labor dada a sus líderes escogidos, este trimestre estudiaremos las epístolas de Pablo a los Filipenses y los Colosenses las cuales guardan importantes similitudes que nos ayudarán a comprender la labor mancomunada cielo-tierra. En ambas se revela a Cristo como el único ser capaz de lograr quitar la enemistad producida por el pecado entre la humanidad y la Ley de Dios y así poder volver a obtener la única fórmula existente para lograr la vida eterna, la unión del cielo con la tierra. 

     Al estudiar estas cartas, veremos aspectos únicos e insustituibles de la labor de Jesús al contener éstas, algunas de las declaraciones más sublimes registradas en la Biblia sobre la divinidad de Cristo y cómo Él lo entregó todo para salvarnos como raza. Por la parte humana, veremos a Pablo luchando desde la prisión con problemas en una iglesia que él mismo fundó (Filipos) y en una que él nunca visitó (Colosas). Así la combinación del trabajo divino y el esfuerzo humano se verán como la clave para que hoy el remanente de Cristo pueda unirse con el cielo en el cumplimiento de la comisión de los últimos días sobre la predicación del mensaje del tercer ángel por medio del cual se abrirá la puerta de salvación para todo el resto de la humanidad. No te pierdas ninguna de estas lecciones bajo este enfoque tan esclarecedor el cual de seguro te ayudará a formarte como un fiel obrero de la causa final de la predicación del evangelio eterno.



Lección 1:

Para el 3 de enero de 2026 

PERSEGUIDOS, PERO NO OLVIDADOS

“¡Regocíjense en el Señor siempre! Repito: ¡Regocíjense!” Filipenses 4:4 

En el año 2011, dos predicadores del evangelio eterno fueron encarcelados por cargos falsos, pasaron seis meses entre rejas. Aunque al principio estaban muy perplejos, muy rápido se dieron cuenta de que la prisión era el campo misionero que Dios le había dado para concretar su preparación como misioneros de la obra final. Cuando los compañeros de rejas vieron su testimonio de vida, les pidieron que les enseñaran y los milagros comenzaron un verso en aquel bunquer. “A veces era difícil ejercer el ministerio en la cárcel, las presiones eran muchas y el ambiente muy distinto al que estábamos acostumbrados, pero debemos reconocer que nunca habíamos sentido tan cerca la compañía de Cristo y de sus ángeles, sobre todo cuando veíamos como las oraciones eran escuchadas y las vidas cambiaban”. La historia ha demostrado repetidamente que no todo convicto por el mundo es realmente un delincuente, de hecho Pablo escribió Filipenses y Colosenses desde la cárcel (ver Fil. 1:7; Col. 4:3).

La clave está en regocijarse siempre como lo enseña el episodio bíblico cuando Pablo y Silas fueron acusados injustamente y el carcelero “les aseguraron los pies en el cepo” (Hechos 16:24) pero, a medianoche, “oraban y cantaban himnos a Dios; y los presos los oían” (Hechos. 16:25). Verdaderamente sabían “regocijarse siempre”. Esta semana analizaremos las circunstancias que enfrentó a Pablo. Él vio un propósito más grande para lo que le sucedió, y tal vez podamos aprender de él cuando enfrentemos pruebas. 

PABLO, EL PRISIONERO DE JESUCRISTO

    Las cartas de Filipenses y Colosenses son conocidas como las epístolas de la prisión, pues fueron escritas mientras Pablo estaba preso, así como también las de Efesios y Filemón. La mayoría de los comentaristas creen que fueron escritas mientras Pablo estaba en Roma, entre los años 60 y 62 d. C. (ver Hech. 28:16). Al leer Efesios 3:1-3 y Filemón 1:1 comenzamos a notar donde está el secreto de éxito de la labor humana en esta tarea divina: estar seguros y convencidos que todo lo dirige Cristo para beneficio de su obra de la cual nosotros somos sus instrumentos.

     Pablo menciona varios encarcelamientos durante su permanencia en Macedonia (2 Cor. 6:5; 7:5; 11:23), lo cual pudiera sorprender a todo aquel que trata de interpretar humanamente los designios profundos del pensamiento y el trabajo de Cristo para completar su obra del perdón de la raza humana. Estos pueden llegar a la errada conclusión de que quien se dedica a la obra de la reconciliación como ayuda idónea de Cristo, debería estar exentos de problemas, presiones y persecuciones de sus hermanos, razón por la cual se desboronan cuando el fuego de la persecución o del oprobio se desata sobre ellos por tomar posiciones valientes que defienden el evangelio eterno y desafían a los tibios en la fe.

    Pablo, como judío ejemplar, jamás pensó pasar por cárceles pero esta situación estaba contemplada como parte fundamental de la escuela que él debía cursar para lograr ser el gran instrumento de paz y de la reconciliación del cielo con la tierra. 

    Según  2 Corintios 4:7-13 Pablo entendía que para ser un verdadero cristiano útil en la causa final de Dios es importante dejar la zona de confort a la cual tanto estamos acostumbrados y permitirle a Cristo que haga su obra por medio de nosotros independientemente de lo que tengamos que pasar o lo que tengamos que enfrentar, confiando siempre en Él y en sus promesas para no perder nunca la esperanza, la tranquilidad y la sumisión a su voluntad debido a que nos sintamos destruidos, abatidos o atribulados. Este tipo de fortaleza, interior o psíquica, no es humana, es producida por el Espíritu santo en las mentes de quienes reposemos de manera práctica en Cristo por la fe en su poder y en su justicia.

    El escogido llega a ser participante de la naturaleza divina a través del Espíritu. “Cristo ha dado su Espíritu como poder divino para vencer todas las tendencias hacia el mal heredadas y cultivadas, y para imprimir su propio carácter en su iglesia” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes [Florida: ACES, 2008], p. 625).   

PABLO EN FILIPOS 

     Durante el segundo viaje misionero de Pablo, poco después de la incorporación de Timoteo al equipo, el Espíritu Santo les impidió continuar con su labor en Asia Menor (Hech. 16:6). Entonces, durante una visión nocturna, Pablo vio a un hombre que le suplicaba: “Pasa a Macedonia, y ayúdanos” (Hech. 16:9). Este tipo de manifestaciones volverán a ocurrir en estos tiempos finales, especialmente durante la predicación a las naciones del mensaje del tercer ángel por lo cual, debemos estar atentos y preparados para aceptar los desafíos del evangelio del Reino como lo hizo Pablo y su equipo de misioneros. 

    En su actividad evangelizadora, Pablo siempre pensó estratégicamente. Filipos era “la ciudad principal de la provincia de Macedonia” (Hech. 16:12) y para allá enrumbo su viaje. Notemos como la dependencia de la obra directa del Espíritu no anula nuestra perspicacia, intuiciones o proyectos realizados bajo las meditaciones bíblicas. El establecimiento de una importante presencia cristiana allí permitió a la iglesia de Filipos llevar el evangelio a muchas otras ciudades cercanas, como Anfípolis, Apolonia, Tesalónica y Berea (ver Hech. 17:1, 10).

Lucas describe cómo Pablo y su equipo se reunieron para orar junto al río, donde Lidia y su familia se convirtieron (Hec. 16:13-15). Como mujer de negocios (vendía púrpura), es posible que haya sido uno de los principales apoyos financieros en Filipos para el ministerio de Pablo. Pues, allí también se armó un revuelo y terminaron en la cárcel. El tiempo que Pablo y Silas pasaron allí en la cárcel condujo a la conversión de toda otra familia: la del carcelero. 

    El Espíritu Santo sabía que Filipos sería el puesto de avanzada para la expansión del evangelio a través de Europa, aunque también habría persecución pero no por eso se detuvieron los aviones. Por muy mala que sea, la persecución puede, en determinadas circunstancias, permitir que el evangelio llegue a personas que de otro modo no podrían ser alcanzadas:   “El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre” Hechos 9:15,16.

PABLO   Y COLOSAS     “todos los que habitaban en Asia [...] pudieron oír la palabra del Señor Jesús” Hechos 19:10

El libro de Apocalipsis da testimonio de la gran difusión del evangelio en esta zona (Apocalipsis 1:4). La explicación más plausible de este éxito, incluida su propagación a Colosas, es que haya sido el resultado de la labor de los conversos de Pablo. Esto deja ver cómo, cuándo se predica bajo la premisa del olvido de sí mismo y se da testimonio de la entrega por el evangelio quienes nos reciben son impregnados de la energía santificadora que los impulsa a entregarse sin reservas y con gran fervor a la obra del evangelio del reino.

Al leer   Filemón 1:15, 16. y Colosenses 4:9 , nos apercibimos de una verdad muy importante para tomar en cuenta en la predicación final. Notemos como, aunque la ley romana obligaba a Pablo a devolver a Onésimo a Filemón, el apóstol apela al corazón ya la conciencia de Filemón como compañero creyente, y lo insta a tratar a Onésimo como a un hermano, no como a un esclavo (File. 1:16) desafiando así las mismas leyes del estado por considerarlas opresoras y explotadoras. Resulta fascinante leer como, durante la época de la esclavitud en Estados Unidos, Elena de White dijo específicamente a los adventistas que desobedecían la ley que ordenaba devolver a los esclavos fugitivos. 

    El tiempo de la predicaron final será el tiempo de la profecía de Santiago donde se ve claramente una oposición al sistema capitalista opresor y al imperialismo en todas sus formas, predicando una liberación de los pobres y de sus amos opresores.





Lección 2

RAZONES PARA AGRADECER Y ORAR

“Estoy seguro: el que empezó en ustedes la buena obra, la irá perfeccionando hasta el día de Jesucristo” (Fil. 1:6). 

    Pablo comienza intencionalmente sus epístolas con palabras de saludo y agradecimiento.  "Gracia y paz a ustedes, de nuestro Padre Dios y del Señor Jesucristo. Siempre damos gracias al Dios y Padre nuestro de Señor Jesucristo cuando oramos por ustedes" (Col. 1:2, 3) . Esa debe ser la aptitud de todo cristiano en los últimos días ante el llamado y las revelaciones que Dios nos da para este tiempo, así como por el privilegio de poder ver y participar de la culminación de su obra del perdón aquí en la tierra, asunto este que permitirá la aparición de nuestro salvador por segunda vez. 

    Esta semana estudiaremos las palabras iniciales de agradecimiento y oración de Pablo en Filipenses y Colosenses, las cuales pueden enriquecer y fortalecer nuestra propia vida de oración. 

     Según  Filipenses 1:3-8. Pablo sintió mucha gratitud ante Cristo por haber sido utilizado para encontrar a los escogidos por medio de los cuales se terminaría la obra de predicación a las naciones y podría volver Cristo a esta tierra. Para Pablo el que alguien fuera de los escogidos de Dios era motivo suficiente para amarlo y trabajar hasta el desgaste por ellos lo cual sentía como un privilegio. 

    Así como Pablo participaba de los sufrimientos de Cristo (Fil. 3:10), los filipenses “participaban” (griego synkoinōneō) de los sufrimientos de Pablo y apoyaban económicamente su ministerio (Fil. 4:14, 15). Esta reciprocidad, que existió “desde el primer día hasta ahora” (Fil. 1:5), lo motivó a agradecer a Dios por ellos ya orar por ellos “con gozo” (Fil. 1:4). En filipenses 1:7 resulta interesante que Pablo describe su situación en la cárcel de forma positiva, aquí el uso de estos dos términos legales sugiere que su juicio es inminente, pero Pablo parece menos interesado en su propio futuro que en la vindicación del evangelio, es decir, colocaba los intereses del colectivo por encima de los propios dando ejemplo de lo que debe ser un líder del remanente de Cristo en todos los tiempos, pero en especial para los últimos días.

Si ahora leemos la oración corta de Pablo en Filipenses 1:9-11, solo tiene 43 palabras en griego, podemos notar que la centra en el cambio de carácter de los escogidos como indispensable para lograr la predicación final que traería la segunda venida de Jesús. Veamos más detenidamente algunos de los elementos individuales de la oración:

1.- Amor: Pablo no solo pide más amor, sino un amor encaminado en una dirección específica: “En conocimiento verdadero y en todo discernimiento” (Fil. 1:9; LBLA). La referencia al conocimiento no se refiere a algo meramente intelectual, sino que implica una comprensión de las cosas espirituales que solo puede adquirirse mediante la comunión con Dios y el estudio de su Palabra (ver Efe. 1:17; 4:13; 1 Tim. 2:4).

2.- Discernimiento : Para Pablo, esto significa ser capaz de “aprobar lo mejor o excelente” (en contraste con lo moralmente perjudicial) y ser “sinceros y sin culpa”; es decir, irreprochables (Fil. 1:10).

3.- Sinceridad: La palabra griega así traducida significa “juzgado por la luz del sol” y se refiere a una intachable pureza de acción:

4.- Sin culpa : Esto significa no ser piedra de tropiezo, no decir ni hacer nada que haga más difícil que una persona crea.

5.- Justicia por medio de Jesucristo : Pablo se detiene largamente en esto en las epístolas de Romanos y Gálatas, y lo ampliará también en Filipenses 3. No tenemos justicia propia, sino solo la que recibimos por medio de Cristo.

     Vemos también en esta carta el discernimiento espiritual aplicado, notamos como los filipenses, comprensiblemente, se angustiaron cuando supieron del encarcelamiento de Pablo. Ahora su trabajo estaría ciertamente limitado, ya que no podía viajar, predicar, visitar las sinagogas para enseñar acerca de Jesús como el Mesías, ni establecer iglesias. Por ello, enviaron a Epafrodito para saber cómo estaba el apóstol, animarlo y asegurarse de que sus necesidades físicas estuvieran atendidas. Sin embargo, al leer Filipenses 1:12-18, nos damos cuenta que el mensaje que Pablo envió a la iglesia por medio de Epafrodito se sorprenderá indudablemente los. Pablo vio sus circunstancias con otros ojos. Su discernimiento espiritual lo llevó a considerar su encarcelamiento como algo positivo, ya que no obstaculizó en absoluto su tarea, sino que  “ha contribuido más bien al progreso del evangelio” (Fil. 1:12). Donde otros solo veían cadenas y barrotes, Pablo veía a sus guardias romanos como potenciales ciudadanos del Reino de Dios. También vio que su encarcelamiento animaba a otros a ser más activos ya estar más decididos a difundir el evangelio, a hablar con valentía en nombre de Cristo sin temor a las consecuencias.

     Por otra parte, la relación de Pablo con los colosenses era diferente de la que tenía con los cristianos de Filipos. Él los incluía entre aquellos que “nunca me vieron” (Col. 2:1). No obstante, Pablo les aseguró, como a los filipenses, que “siempre” daba gracias a Dios por ellos en sus oraciones. Cuando leemos Colosenses 1:3-8, notamos como Pablo reúne las tres virtudes que menciona en otros lugares: fe, esperanza y amor (ver 1 Cor. 13:13; 1 Tes. 1:3; 5:8). Nota que Pablo no atribuye estas virtudes a los colosenses, sino que da gracias al Padre por ellas, pues se cuentan entre las dádivas o dones “buenos y perfectos” que recibimos de él (Sant. 1:17). El amor que Dios siente por nosotros nos conduce a la fe en Cristo (Efe. 2:4-8) ya la esperanza del Cielo, que Pedro describe como “una herencia que nunca puede perecer, ni contaminarse, ni marchitarse, reservada en el cielo para ustedes” (1 Ped. 1:4).

     Seguramente debido a esta claridad ya este fervor tan especial el Espíritu santo logró expandir el evangelio de Jesucristo en un lapso muy breve. Unos treinta años después de la muerte y la resurrección de Cristo, Pablo ya podía decir que se había extendido “a todo el mundo” (Col. 1:6). Un poco más adelante, en el mismo capítulo, el apóstol dice que el evangelio “es predicado a toda criatura que está debajo del cielo” (Col. 1:23). 

     La extensa red de carreteras romanas hizo posible la celeridad en la comunicación y los viajes rápidos, y así fue como las epístolas de Pablo pudieron circular tan amplia y velozmente, de seguro esto es un prototipo profético de las redes sociales actuales que después de nuestra consagración y fervor por el evangelio del reino, este se expandirá rápidamente por todo el mundo. Tu estas llamado a participar, no dejes de hacerlo pase lo que pase.









Lección 3

VIDA Y MUERTE

      “Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” Filipenses 1:21  

     Según la Biblia la muerte es la paga del pecado, mientras que la vida es una dadiva de Dios para todo el universo, ambos conceptos tienen la posibilidad de darles el adjetivo de “Eterna” y es allí donde radica la gran lucha de la divinidad, en dar vida eterna y eliminar la muerte eterna. Pablo dice enfáticamente que Cristo murió para    “destruir por su muerte al que tenía el dominio de la muerte, a sable, al diablo; y librar a los que por temor a la muerte vivían como esclavos toda su vida” Hebreos 2:14, 15.

     Pablo estaba dispuesto a morir por Cristo porque confiaba en su destino eterno ya que para él su objetivo de vida fue honrar la causa del evangelio al enseñar la verdad y colaborar en el perfeccionamiento del carácter de los santos buscando que se lograra la instauración y activación del ministerio del Reino de Cristo en la tierra para salvación de las naciones.

     Un vistazo a la introducción de la epístola los filipenses nos deja ver este propósito: “siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, 
por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora; 
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” Filipenses 1: 4-6
. 

     El ministerio de Pablo siempre desafió la muerte y esto nunca lo desanimó. Aunque fue un cristiano muy consagrado, y muy claro ideológicamente, al punto de ser considerado el espíritu de profecía de ese tiempo, Pablo fue muchas veces encarcelado y maltratado. En su carta a los corintios detalló sus sufrimientos hasta ese momento: “En azotes, sin número; en cárceles, más; en peligro de muerte, muchas veces. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez, apedreado. Tres veces naufragué. Una noche y un día pasé a la deriva en alta mar. Anduve de viaje muchas veces. Estuve en peligro de ríos, en peligro de salteadores, en peligro de los de mi raza, en peligro de los gentiles. Peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez” (2 Corintios 11:23-27). 

     No obstante, aclara inmediatamente que esos sufrimientos no eran lo más importante en su mente: “Además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día: la preocupación por todas las iglesias” 2 Corintios 11:28. Este es el perfil de predicador necesario para los tiempos finales. Al igual que Jesús, quien no escatimó nada para salvarnos, Pablo estaba dispuesto a “gastar y gastarse” por el bien de los creyentes (2 Cor. 12:15). Sin embargo, paradójicamente en este mundo, cuanto más se parecen las acciones de una persona a las de Jesús, menos es amada o apreciada por algunos. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos” (2 Tim. 3:12). Elena de White dijo: “La paciencia y el gozo de Pablo, su ánimo y su fe durante su largo e injusto encarcelamiento, eran un sermón continuo”.

     Satanás utiliza la crítica, la traición, la vergüenza, el miedo, la presión grupal, y una serie de instrumentos similares para mantenernos tibios en la fe, por eso para estos últimos días cuando el conflicto llegara a su punto climático, es necesario olvidarnos del yo, solo así todos estos instrumentos se volverán inútiles en las manos del enemigo e incluso, podrán ser utilizados por el Espíritu santo para perfeccionar el carácter de los santos. 

     Nuestra batalla es espiritual, pues estamos en una guerra de ideas y valores, sin embargo, debemos confiar en que Cristo obtuvo la victoria definitiva y esa nadie ni nada la puede eliminar por lo que nunca seremos derrotados si permanecemos unidos a él, incluso si ello nos cuesta la vida. Pablo estuvo dispuesto a sobrellevar todo lo que le sucediera aquí en la Tierra, por injusto que fuera, pues había confiado su vida y su futuro a un tribunal superior. Como cristianos, no debemos luchar tanto por nuestros derechos como por lo que es justo. La sumisión a la voluntad de Dios es algo deseable, de hecho, es la única manera de obtener la victoria en la guerra que libramos. 

     En Filipenses 1:23, 24, Pablo se refiere al contraste existente entre vivir y morir, para el cristiano santificado la muerte del sueño o primera, representa el descanso de las luchas y la total victoria sobre las tentaciones que lo pudieran hacer caer. En ese sentido, la muerte es “ganancia” porque nuestro testimonio de fidelidad resulta mucho más poderoso y persuasivo (Fil. 1:21). De hecho, la muerte primera, es una bendición para la humanidad en decadencia y es pasajera, por eso, Jesús dijo acerca del difunto Lázaro: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo del sueño” (Juan 11:11). La muerte primera es como un sueño profundo del que Jesús despertará a sus fieles seguidores cuando regrese; entonces, junto con los santos que estén vivos, serán llevados al Cielo para estar eternamente con Jesús (ver 1 Tes. 4:16, 17). Pablo, sin duda, era consciente de que cerraría sus ojos al morir y que lo primero que vería cuando volviera a abrirlos sería a Jesús, quien lo llevaría juntamente con todo el pueblo de Dios al lugar que ha preparado para quienes lo aman (Juan 14:3; 1 Cor. 2:9). 

     Aunque estaba dispuesto a morir por Cristo, Pablo sabía que sería mejor para los filipenses “quedar en la carne” (Fil. 1:24). Curiosamente, no es fácil para el cristiano decidir si es mejor vivir para Cristo o morir por él. Pablo dijo: “Es difícil decidirme por una de las dos cosas” (Fil. 1:23; DHH): seguir vivo o descansar en la tumba. 

     Si tu vida sirve para lograr la unidad de los cristianos y el perfeccionamiento de su carácter para cumplir con su ministerio final, entonces vive. Observa que la última oración de Jesús por sus discípulos, antes de su muerte, estuvo dominada por un tema clave: la unidad. Jesús miró más allá de la Cruz, al momento de su reencuentro con su Padre y de su reunión con nosotros: “Padre, que aquellos que me has dado estén conmigo donde yo esté, para que vean mi gloria, la que me has dado, por cuanto me has amado desde antes de la creación del mundo” Juan 17:24 

     La expresión griega traducida en Filipenses 1:27 como “portarse como es digno” es “politeuomai”, que significa “vivir como ciudadanos”, no como religiosos, esa unidad en el espíritu nos debe llevar a formar la comuna de santos o Reino venidero anunciado por la profecía de Daniel 2 y que servirá de arca de Noe a todas las naciones del mundo ante la crisis final. El Sermón del Monte describe un hermoso cuadro de lo que significa ser hijos del Padre celestial y ciudadanos de su reino: pobres en espíritu, mansos, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, puros de corazón, pacificadores y dispuestos a poner la otra mejilla, amar a los enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer el bien a quienes nos odian. Con una comuna de seres humanos con este perfil de santidad será predicado el evangelio del reino por testimonio a todas las naciones y entonces vendrá Jesús por segunda vez. 

     Puesto que la unidad en un solo cuerpo o, en el lenguaje profético, terminar con la dispersión del poder del pueblo santo, es crucial para cumplir nuestra misión de difundir el mensaje del tercer ángel, y en vista de que la oración de Jesús en Juan 17 destaca “la verdad” de la Palabra de Dios como una de las claves más importantes para la unidad (Juan 17:17, 19), nuestro mensaje no puede separarse de nuestra misión ni de nuestra unidad. Estas tres claves se mantienen juntas o caen juntas. No hay éxito si falta alguna de ellas, pero no hay nada que temer si las tres están en su lugar. Por eso, Pablo exhorta a los creyentes: “En nada se dejen intimidar” por la oposición (Fil. 1:28). Satanás es un enemigo derrotado. Aunque nos quiten la vida a causa de nuestra fe, nada puede hacernos daño si “seguimos el bien” (1 Ped. 3:13). El Diablo es impotente para detener la marcha de la verdad divina. Juntos, como un solo rebaño, ¡Venceremos!





Lección 4

UNIDAD MEDIANTE LA HUMILDAD

“Completen mi gozo, tengan el mismo sentir, el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” Filipenses 2:2  

     El tema de la unidad es siempre un tema importante para lograr la victoria en los procesos revolucionarios de los pueblos, pero para los grandes movimientos de reavivamiento y reforma del remanente final como agente encargado de evidenciar la victoria sobre el pecado y el señorío de Cristo por encima de todos los poderes del mundo, la unidad se hace indispensable, como bien lo ensañaron Jesús y los profetas. 

     Sin embargo, conocer esa verdad no es lo mismo que ponerla en práctica ya que para hacerlo tenemos que colocar los intereses de la causa por encima de los personales y eso no es tarea fácil en un mundo pecador y con una naturaleza vendida al pecado. El origen de la división del pueblo de Dios en el Universo se encuentra en el orgullo y la sed de poder de un solo ángel en el Cielo. Este sentimiento se extendió rápidamente, incluso en un entorno perfecto (ver Isa. 14:12-14) hasta que finalmente, se afianzó en el Edén, justamente por la posición de Adan y Eva de colocar los intereses personales antes que el orden social comunitario necesario para todos.

     No es de extrañar, pues, que, al buscar restablecer el orden social del cristianismo durante el periodo apostólico, en su carta a los filipenses, el Espíritu santo inspiró a Pablo a pedir a la comuna primitiva, conformada por judíos y gentiles, que estuvieran “unánimes, sintiendo una misma cosa”. Este es un tema que encontramos en todo el Nuevo Testamento y especialmente en las epístolas. Esta semana examinaremos el fundamento bíblico de la unidad dentro del remanente.

DESUNIÓN O SEPARACIÓN EN EL REMANENTE (Filipenses 2:1-3). 

     Pablo se sintió sin duda muy decepcionado al ver que la organización social del pueblo remanente refundado por Jesús, era sacudida por las rivalidades y las contiendas entre dos facciones de los escogidos de Cristo, denunciándola exactamente con la palabra griega “eritheia” traducida como “rivalidad” en Filipenses 1:17, para referirse a los envidiosos y orgullosos oponentes de Pablo en Roma, empeñados en promoverse a sí mismos en lugar de hacer avanzar la causa de Cristo. La rivalidad es una de los frutos de la carne (Gál. 5:20) y, como indica Santiago, “donde hay envidia y rivalidad, hay perturbación y toda obra perversa” (Sant. 3:16). 

     El término griego traducido como “vanagloriosos” (kenodoxos) solo aparece en Gálatas 5:26, pero se utiliza en la literatura extrabíblica para referirse a la arrogancia, el orgullo y un concepto demasiado elevado de uno mismo y es, sin lugar a dudas una de las causas de las divisiones dentro del remanente, tal como o profetiza el testigo fiel y verdadero: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.” Apocalipsis 3:17. Pablo utiliza una palabra estrechamente relacionada al amonestar a los gálatas: “No seamos vanagloriosos, irritándonos y envidiándonos unos a otros” Gálatas 5:26  

     Observa los remedios para la desunión que presenta el profeta de Patmos: “Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.” Apocalipsis 3:18 

     Pablo lo explicita un poco más en Filipenses 2:1,2: “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa” 

1. Consolación en Cristo: Jesús mismo promovió la unidad entre su remanente ya que, siendo judío, fundó la nueva organización comunitaria de su remanente para los postreros días. 

2. Consuelo de amor: El amor como expresión practica del carácter de Dios fue revelado por el mismo Jesús durante su ministerio y estamos llamados a seguirlo y expresarlo con instituciones y acciones 

3. Comunión del Espíritu: Si todos nos dejamos llevar por la influencia santa del Espíritu en su manifestación de la lluvia tardía, buscaremos la unidad del remanente para acabar con la dispersión del poder del pueblo santo sobre la tierra y formar un rebaño, un redil y un pastor, como lo enseño el mismo Cristo. 4. Los afectos entrañables son aquellos que nacen de la labor milagrosa del Espíritu santo y nos hacen amar la causa del reino de Dios por encima de todo, incluso de nosotros mismos. 

5. La Compasión, como otro afecto entrañable, es otro antídoto contra la desunión, entendida como el estar dispuestos a comprender la posición del otro poniéndome en su lugar. 

6. Tener el mismo sentir, reconocer que todos estamos del mismo lado, que no somos rivales sino compañeros de viaje y de misión nos ayudara también a conseguir la unidad del pueblo remanente final 

7.- Teniendo el mismo amor: Para unirnos debemos ver y reconocer el tronco común que nos une primariamente en Cristo y luego en nuestros pioneros, por lo que compartimos doctrinas, puntos de vista y hasta formas de cuidar nuestros cuerpos. 

     En Filipenses 2:3, 4. Pablo concreta algunas medidas para lograr la unidad en el remanente final resaltando la humildad, la estima hacia los demás como superiores a nosotros mismos y el cuidado de sus intereses.

     En la epístola a los Efesios, en el capítulo cuatro, Pablo habla de “la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Efe. 4:13). Ambas cosas están relacionadas. Tener la misma fe, la misma comprensión de las Escrituras que surge del conocimiento de Cristo y de sus enseñanzas es vital para que prevalezca la unidad entre nosotros por eso debemos dejar que el Espíritu santo nos instruya en la revelación de los misterios de Dios para los últimos días.

     Aconseja Pablo: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,” Filipenses 2: 3-5. 

     En el hermoso himno de Filipenses 2, Pablo desarrolla el tema central en el cual debe estar nuestro pensamiento, a saber, el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús quien “Se despojó a sí mismo” (Fil. 2:7). La disposición de Jesús a despojarse de sus prerrogativas divinas para poder ser verdaderamente humano y tentado como nosotros es asombrosa. “Se humilló a sí mismo” (Fil. 2:8). Cuanto más aprendamos en esta escuela, más avanzaremos en mansedumbre y humildad de espíritu y nuestros ojos serán ungidos con colirio para ver esta verdad y así estemos preparados para aceptarla.



Lección 5

BRILLAR COMO LUCES EN LA NOCHE


“Hagan todo sin queja ni discusión, para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y perversa, en la cual ustedes resplandecen como luces en el mundo” Filipenses 2:14, 15  

     Luego de haber presentado el don de la humildad como base para lograr la esperada unidad entre el pueblo remanente, señalando como ejemplo máximo a nuestro salvador Jesús, el apóstol Pablo, en su carta a los filipenses, comienza a disertar sobre otro tema determinante para los últimos días, la necesidad de la “santidad práctica” como norma de convivencia cotidiana, mostrándola como un fruto de la unidad en Cristo, esto es, en sus doctrinas y principios de vida social. Solo en la santidad de los principios cristianos, podemos ser exaltados a la ocupación del rol que nos corresponde como ayuda idónea de Cristo para la predicación del evangelio del reino o mensaje del tercer ángel. 

     Con la santificación del remanente y su consecuente ocupación del rol de “reyes y sacerdotes” para las naciones del mundo, finalmente se logrará que “…en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” Filipenses 2:10,11. Bajo este contexto, en el llamado que inicia en el verso 12 de esta hermosa carta a los filipenses se puede notar la importancia de poner toda nuestra fuerza de voluntad y disposición de la conciencia para permitir que el Espíritu santo nos pueda implantar, en nuestro ser interior, la nueva naturaleza divina humana forjada por Jesús. 

     Comencemos por aclarar que si leemos Filipenses 2:12, 13 bajo el enfoque de Pablo como autor de 14 de las 27 epístolas que conforman del nuevo testamento, podremos notar que, aun cuando pone su énfasis en las obras de obediencia, no presenta un evangelio diferente del que esboza en Romanos y en sus otras cartas, donde se le hace énfasis directo a la fe y no a las obras. Es el mismo autor y por lo tanto debe existir una estricta sintonía entre todas sus escritos, por lo tanto su mensaje aquí necesariamente debe concordar con el evangelio de la justificación por la fe, el cual también predicó en Filipos. 

     Al leer Romanos 3:20-24 nos queda claro “… que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”, es decir, por medio de la Ley se enuncia el camino de la vida y, por contraste, el que lleva a la muerte. Como es lógico pensar, la cara de la Ley “enunciadora” no puede pasar por alto su violación sin perder su esencia clara y libertaria, por esa razón se tuvo que manifestar la otra cara de la misma Ley “… la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” esa “justica de Dios” se llama teológicamente “Gracia” y es, sin lugar a dudas, parte de la misma Ley eterna. 

     Lo dicho anteriormente se resume en la expresión paulina; “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” Efesios 2:8-9, quedando total y absolutamente claro que la justificación ante la Ley es indudablemente obra de Jesús, encarnación de la gracia, como el cordero de Dios, como el holocausto ofrecido por el mismo Padre para reconciliar a la raza humana con la Ley violada por nuestros primeros padres. No podemos atribuirnos ningún mérito al respecto. Incluso la fe misma, con la cual nos empoderamos de esta obra única de Jesús, es un don estimulado y desarrollado por el Espíritu Santo quedando así claro que por nuestras propias obras no podemos ser justificarnos. 

     Sin embargo, según el plan divino, después que el ser humano acepta voluntariamente la justificación dada gratuitamente por Cristo como nuestro garante y salvador con tal sinceridad y profundidad que se logre el llamado “nuevo nacimiento”, el mismo Espíritu santo que engendrará un nuevo ser dentro de nosotros capaz de despertarnos deseos sinceros y honestos de vivir en armonía con la Ley de Dios y así, llegamos a aborrecer el pecado como si  nuestra naturaleza humana pecadora ya no pudiera controlar o anular esas ganas, cumpliendo de esta manera con la directriz paulina “Haced todo sin murmuraciones y contiendas” Filipenses 2:14 la cual nos invita a no sentirnos mal por hacer el bien. 

     Ahora bien, aun así, con toda y nuestra necesidad y deseo real de hacer lo bueno ante la Ley de Dios, no tenemos capacidad para tener acciones justas, esto precisamente por causa de esa naturaleza pecadora que aún vive en nosotros. Es allí donde el mismo Espíritu santo, gracias a la obra mediadora de Jesús en el lugar santo del santuario celestial, puede hacernos comprender la Biblia y desear los méritos de Cristo. Este nuevo sentir permite al Espíritu santo capacitarnos para hacernos tener acciones santas las cuales son relamerte producto, no de mis esfuerzos sino de esa obra maravillosa de la dupla Cristo y el Espíritu santo: “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Filipenses 2:13 

     Ahora, en Filipenses 2:15 se nos dice de manera muy explicita que, si obramos de esta manera, impulsados por los dones espirituales otorgados por el Espíritu santo y fortalecidos en la fe de Jesús, se dará el gran milagro y seremos “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo”  

     Analicemos la extensión de este milagro: “Sin mancha”, “Sin culpa” o “sin mezcla, puro”, según sea la versión bíblica utilizada, significa literalmente “intachable”. Esta palabra es usada especialmente para describir el carácter de Job (ver Job 1:1, 8; 2:3; ver también 11:4; 33:9), esto era imposible decir de un ser humano pecador según la sentencia profética: “no hay justo ni aun uno no hay quien entienda” y muchas otras mas que tratan este asunto, pero, lo que la misma Biblia plantea como un imposible se hizo posible gracias al plan de redención de la raza que aún está en pleno desarrollo. 

     El objetivo de la divinidad al llevarnos a esta condición ante la Ley no es hacernos dignos de adoración o de alabanzas en el cielo, sino más bien que podamos resplandecer “como luces en el mundo” Filipenses 2:15, asunto que implica llegar a demostrar con nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado en la carne y de esta manera levantar la promesa y la esperanza de que así como el remanente lo logró, toda la humanidad lo podrá lograr por lo que es posible llevarla al cielo para su purificación. Nosotros seremos, o mejor dichos somos, las primicias de esa profunda labor de redención o restauración de la humanidad a la imagen y semejanza de Dios. Este cometido solo lo podemos lograr si nos mantenemos “asidos de la palabra de vida” Filipenses 2:16, es decir, muriendo al yo cada día y dejando que el Espíritu santo produzca en mi “el querer como el hacer por su buena voluntad.” 

     Pablo como maestro y apóstol de este evangelio de la restauración, según su propio testimonio, se entregó totalmente al servicio de la obra al entender la importancia de la misma y como humano que era, en ocasiones se desanimaba al ver la ceguera y la falta de santidad de su pueblo pero, no se cansaba de seguir esa lucha y de aconsejar pidiéndoles que se consagraran para que no fuera en vano “…la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado.” 

     Bajo esta misma idea Filipenses 2:17 plantea que “…aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros.” Esta imagen se basa en la antigua práctica consistente en derramar un líquido (como aceite, vino o agua) como ofrenda para Dios (ver, por ejemplo, Gén. 35:14; Éxo. 29:40; 2 Sam. 23:15-17). El aparente “derroche” de un líquido valioso en un acto de devoción puede recordarnos la acción de María de ungir la cabeza y los pies de Jesús con el “perfume de nardo puro, de mucho precio” (Mar. 14:3-9; Juan 12:3). Aunque no se trataba de una libación propiamente dicha, representó un gran desprendimiento que ilustró adecuadamente el sacrificio infinito hecho por Cristo para nuestra salvación y que ahora nos toca hacer a los lideres por nuestra comuna de santos y luego a todo el remanente por las naciones del mundo. Brillemos pues, como luces en la noche más oscura de la humanidad y cumplamos con nuestro ministerio.


Lección 6

CONFIANZA SOLO EN CRISTO

“A fin de conocer a Cristo, y la virtud de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para llegar de algún modo a la resurrección de los muertos” Filipenses 3:10, 11 

     En esta semana continuaremos nuestro estudio del libro de Filipenses con un análisis sucinto del capítulo tres de este libro, capitulo que sigue teniendo como centro la doctrina de la salvación específicamente, el tema de la justificación por la fe y su relación con la Ley donde Pablo, como apóstol, es considerado un maestro.

     Y es que, encontrar el equilibrio entre la fe y la Ley ha sido siempre un desafío para quienes hemos sido llamados a formar parte del remanente ya que, por alguna razón, tendemos a apoyarnos en nuestras obras para lograr la justificación en lugar de verlas como frutos espontáneos del Espíritu después de disfrutar de la misma como un regalo o don inmerecido.

     Esta disyuntiva se hizo muy evidente en la comuna cristiana primitiva donde, algunos judíos insistían en practicar las obras o acciones ceremoniales para poder ser aceptos ante el Dios resistiéndose a renunciar a la liturgia hebrea, seguramente por haber realizado por generaciones estas prácticas sin discernir su esencia, lo cual les hizo verlas como base inobjetable de la salvación. Este tipo de cristianos, identificados por Pablo como “maestros judaizantes”, se unían en las comunidades cristianas con los gentiles quienes, libre de esa cultura, lograban ver en aquellas ceremonias las figuras o tipos de el gran Mesias prometido por los profetas antiguos.

     Los maestros judaizantes se dedicaban a ir de comuna en comuna para “judaizar” a los nuevos conversos invitándolos, e incluso obligándolos, a practicar la circuncisión y otros ritos y ceremonias dándoles valor para poder ser aceptos ante el Dios creador, asunto que contraría a la verdad sobre la obra realizada por Jesús como salvador de la raza humana, doctrina central o mejor medular del cristianismo.

     El enemigo entiende que, la entrada de esta doctrina al cristianismo al inicio o al final de la los tiempos postreros, marcaría la segura desviación ideológica del pueblo remanente evitándoles la santificación por medio de la cual estaba llamado a dar a conocer las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a la luz admirable y, de esta manera, conquistar al resto de la humanidad para que acepten ir al cielo a la segunda parte del plan, a saber, a la purificación. Pablo entendió esto, y dedico buena parte de su prolijo ministerio a enseñar sobre de este tema tan importante para el remanente de todos los tiempos y en especial el de los últimos días, de allí la importancia de este estudio hoy.

     Iniciemos leyendo Filipenses 3:1-3, donde Pablo señala su “no molestia” al tener que reforzar tanto de este tema en todas las comunas, haciéndonos así entender lo determinante que él lo consideraba para el movimiento cristiano verdadero. Comienza tomando una postura clara y forme ante los maestros judaizantes que pervierten la comprensión de la obra del Mesias prometido, al buscar incluir en el cristianismo la concepción de justificación por las obras, aun cuando estas sean los ritos del santuario.

     Estos maestros judaizantes son definidos en el verso dos como “perros, …malos obreros, … mutiladores del cuerpo”, epítetos duros como para no dejar ninguna duda de su oposición a esa doctrina engañadora, de hecho, les pide a los cristianos de Filipos en tres ocasiones seguidas, que se guarden de ellos.

     Cada adjetivo dado contiene una descripción clara de la esencia de esa falsa doctrina: los perros, según la concepción de la cultura hebrea, se consideraban no pertenecientes a ninguna familia, se mantenían en los desiertos como sin razón para existir y debían ser entendidos como una maldición, todas estas características de las doctrinas de la justificación por las obras denunciadas por Pablo. Quienes se prestaban para predicar esta doctrina se debían ver como “malos obreros” ya que dedicaban todos sus talentos y dones dados por Dios a una labor, no para el bien del cristianismo sino para la futura destrucción de sus bases ideológicas. Finalmente, los cristianos debemos comprender que, quienes asumen esta doctrina son “mutiladores del cuerpo” al mostrar que la circuncisión antes o el bautismo hoy día, ha sido una ceremonia carnal consistente solo en quitarse una parte del cuerpo literal o darse un baño por inmersión, sin llegar a la esencia del símbolo encerrado en estos actos como es morir a la cultura y los conceptos carnales de la humanidad pecadora.

     En el verso tres se contrapone esa circuncisión mutiladora del cuerpo con la verdadera circuncisión, aquella que sufren “…los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” 

     En los versos cuatro al verso seis, Pablo toma su propia vida para describir la experiencia de un cristiano genuino con convicciones sinceras que lo llevan a dedicar todas las fuerzas de su existencia a cumplir y hacer cumplir la voluntad de Dios y a trabajar, a tiempo y fuera de tiempo por la causa del Mesías a la búsqueda de la verdad para ganarse la admiración de Dios y de los hombres.

     Pero esta gran necesidad de obras dignas lo llevo a cometer errores muy grandes, imperdonables según la ley al punto de contribuir en la persecución del Mesia de la promesa. Debido a su sed de obras justas el mismo había perseguido al cristianismo primitivo y había consentido en la muerte de sus más grandes exponentes como fue el caso de Esteban, pero, aun así, recibió el llamado a ser “Apóstol de la verdad”. 

     Por experiencia propia Pablo aprendió que el cristianismo genuino, y por ende la verdadera santidad, no se basa en obras justas o injustas sino en un gran amor perdonador y gratuito de un salvador amante que se place en “llamar lo que no es como si fuesen” y de hacer que se caigan las escamas de los ojos de aquellos que, con sinceridad y humildad producida por la comprensión de su amor desinteresado y gratuito, no solo lo aceptan sino que lo sienten profundamente como su único justificador y sanador, desechando las obras humanas como base de su fe.

     De perseguidor a Apóstol solo por la Gracia y esa gracia lo llevo a ser el gran maestro o espíritu de profecía de su tiempo. Esta fue la misma experiencia de gran líder de la reforma Martin Lutero y será la experiencia de todos quienes ocupemos algún rol en la predicación del mensaje final de Dios para la humanidad cuya base es justamente esta misma arista de la verdad.

     Si Pablo pudo aceptar la verdad presente del evangelio y no dudar en abandonar todos sus logros espirituales y reconocerse como perseguidor del grupo levantado por Cristo para retomar las banderas de su evangelio eterno y nunca para desplazar o sustituir al verdadero remanente, todo quienes hoy conformamos la iglesia militante si somos sinceros y lléganos a entender la doctrina de  la justificación por la fe de manera experimental hasta llegarla ser la base de nuestra vida cristiana, de seguro podremos enfrentar el reto de cambiar drásticamente de forma de vida y así experimentar el último reavivamiento y reforma que nos llevara a la instauración del reino venidero de Jesús en esta tierra. 

     Para estos últimos días hagamos nuestras estas palabras: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;"  Filipenses 3: 7-9 


Lección 7

UNA CIUDADANÍA CELESTIAL

“Por nada estén afanosos, sino presenten sus pedidos a Dios en oración, ruego y acción de gracias” Filipenses 4:6 


     La lección de esta semana concluye nuestro estudio de la carta a los Filipenses partiendo del capítulo tres de los versos 17 en adelante. Ha sido muy difícil poder abarcar todas las valiosas lecciones y máximas para la vida diaria que contine esta epístola, sin embargo, se buscó tratar las más importante para este tiempo, de las cuales la justificación por la fe toma el protagonismo. Esta semana nos toca tratar los elevados valores morales que se producen como frutos en quienes entienden y practican esta doctrina como núcleo central de su vida cristiana. Sí, en estos últimos versos, Pablo comparte este secreto para vivir una vida cristiana dichosa, incluso cuando las circunstancias sean mucho menos que ideales, enseñándonos que no tenemos por qué preocuparnos, angustiarnos o desanimarnos por nada, por el contrario, si confiamos en el amor de Cristo hacia nosotros y nos olvidamos de nuestro yo, de seguro el Espíritu sano nos dará la fuerza para afrontar cualquier reto que nos depare la vida, convirtiendo las situaciones difíciles en peldaños de superación y momentos especiales para experimentar la paz duradera que solo Dios puede otorgar.

     Retomemos un poco lo que puede ser una especie de introducción a las enseñanzas de esta semana: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” Filipenses 3:12-14 

     Después de sus consejos y explicaciones sobre la doctrina de la justificación por la fe y no por las obras, y de haber demostrado que solo cuando lleguemos a sentir el amor incondicional y pleno de Jesús, a pesar de nuestra condición pecadora, podremos ser constreñidos y así capacitados por el Espíritu santo para tener acciones santas las cuales, debemos hacer énfasis en esto, no nos acreditan ningún mérito para armonizar con Ley de Dios pero si son un indicador insustituible de que hemos aceptado y sentido el amor de Cristo como nuestro salvador o justificador.

     En este punto de la carta, la inspiración nos muestra como la santificación no es una perfección ni mucho menos es un  estadio de descanso y rendición de la lucha contra nuestra aun existente naturaleza pecadora, por el contrario, este estado de seguridad en Cristo nos lleva a entender que estamos lejos de haber alcanzado la meta, pero nos permite tener la certeza que, en el camino a la perfección del carácter el cual ahora anhelamos gracias a la obra de justificación hecha por Cristo, nuestros errores y caídas no nos podrán separar del amor y del cuidado de la divinidad en pleno.

     Por esta razón se nos invita a practicar el principio de la renuncia al yo, de la seguridad, no en lo que hacemos o dejamos de hacer sino en alguien fuera de nosotros que nunca dejará de amarnos y de justificarnos ante la Ley, en ese ser humano quien ya logró la victoria rotunda sobre el pecado al vencerlo en la carne para que ya no se enseñoree mas de ninguno de nosotros: “No debemos mirarnos a nosotros mismos. Cuanto más consideremos nuestras imperfecciones, menos fuerza tendremos para vencerlas” (Elena de White, A fin de conocerle p. 226). 

     Es en ese contexto cuando Pablo dice: “Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.” (verso 15 y16). Notemos como aquí Pablo define, a todos quienes entendemos y sentimos la salvación de este modo como “perfectos”, señalando la perfección no basada en las obras o los logros alcanzados en la vida cristiana, sino en la sensación de fe o confianza en quien ya venció por nosotros. Es una perfección que no se mide con los logros, ni con los esfuerzos para vencer, los cuales no pueden faltar en un creyente genuino, sino en la sensación de seguridad de victoria en Cristo, en lo que Él hizo por mí razón que me lleva a amarlo más que sobre todas las cosas incluso más que a mí mismo.

     Ahora, en Filipenses 3:17-19 se nos muestra la necesidad de unirnos todos quienes compartimos ese sentir de seguridad en la obra de Cristo para lo cual es indispensable imitar a quienes lo tengan más desarrollado, buscando sus consejos y apoyo emocional y moral para formar la comuna remanente. Esto no es algo que podamos hacer solos o aislados en algún lugar de “consagración”, no, esto solo se logra uniendo nuestros esfuerzos con la dirección del Espíritu de profecía para nuestro tiempo, responsabilidad que, para aquel momento de la comuna apostólica, había recaído sobre Pablo a pesar de ser el último de los apóstoles nombrados por Cristo, de allí la expresion: “Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros” (verso17). 

     En los versos 18- 21 la epístola nos muestra la imperiosa necesidad de no dejarnos llevar por quienes quizás tengan mucha academia y labia e incluso ostenten cargos y reconocimientos populares pero que en sus vidas no se ven sino los frutos de la carne, a los tales no oigamos. Ya en el capítulo cuatro se nos hace una invitación a estar firmes en esta manera de interpretar el evangelio de la reconciliación y a no ceder ante la trampa de poner nuestra seguridad en nosotros mismos, en lo que somos o hacemos, a pesar de que ciertamente se nos pida niveles altos de santidad para poder ocupar el rol como ayuda idónea de Cristo en los tiempos finales.

     La invitación es que todos los que entendemos, creemos y accionamos según esta doctrina fundamental de la justificación por la fe a que cerremos filas y nos unamos en un solo cuerpo organizado que pueda servir de soporte a todos aquellos escogidos que aún están dispersos. La paz interior manifestada por este grupo se notará en su regocijo manifiesto, en su gentileza para con todos en cualquier circunstancia, en su serenidad ante las situaciones difíciles unida a su espíritu de oración y petición al Espíritu santo. Este perfil de comportamientos traerá como resultado la formación de una influencia santificadora a su alrededor la cual resultará muy grata para los hermanos y quienes se encuentren cerca de ellos. Todos llegaran a sentir la paz de Dios mediante su presencia y palabras aun sin entender la razón de esa sensación. 

     Esa era la influencia que Pablo les emanaba y que ellos mimos testificaban de su presencia e incluso de sus escritos, por eso dijo: “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced; y el Dios de paz estará con vosotros”.  En aquella manera de sentir y vivir a Cristo estaba el secreto de la paz interior de Pablo y por tanto de esa influencia tranquilizadora que podía trasmitir ante las situaciones dificiles, así como de su capacidad de renuncia y adaptación a todo lo que le sobrevenía, razón por la cual podía ser tan útil a la obra del evangelio, pues bien, todo lo resume con el texto: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” 

     Pablo deja claro que ni la ayuda o no ayuda de sus hermanos fue lo que lo mantuvo, aun cuando muestra lo agradable y satisfactorio de sentir cerca a quienes sienten y piensan como tú en los momentos dificiles, señalando que esos gestos llegan al soldado de Jesús como “olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios.” De allí que la invitación es que nos amemos y nos saludemos unos a otros con gran afecto fraternal. 

     “Para el obrero consagrado, es una maravillosa fuente de consuelo el saber que aun Cristo durante su vida terrenal buscaba a su Padre diariamente en procura de nuevas provisiones de gracia necesaria; y de esta comunión con Dios salía para fortalecer y bendecir a otros. […] “Todo obrero que sigue el ejemplo de Cristo será preparado para recibir y usar el poder que Dios ha prometido a su iglesia para la maduración de la mies de la Tierra” (Elena de White, La maravillosa gracia de Dios p. 117) 

     Solo su gracia nos sostiene.



Lección 8

LA PREEMINENCIA DE CRISTO


“Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación. Por él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, dominios, principados o autoridades. Todo fue creado por medio de él y para él. Porque Cristo existía antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en él” Colosenses 1:15–17 

     Esta semana reanudaremos el estudio de Colosenses iniciado en las lecciones 1 y 2, para ello es oportuno retomar el material correspondiente al día jueves de la lección 2, donde se estudió el profundo contenido teológico de la oración registrada en Colosenses 1:9-12. 

     En esta oración Pablo pide a Dios que nos dé, a los miembros del remanente final, el ser “…llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual,”, es decir, pide que se nos devuelva la capacidad de entender el mundo espiritual y a Dios mismo, y es que, devolverle al ser humano pecador la capacidad de entender las verdades divinas es uno de los grandes logros de la obra redentora y restauradora realizada por Jesús en su ministerio como cordero y sacerdote. Solo entendiendo a Dios por medio de la revelación de su verdad se podrá producir en nosotros la santificación: “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” Juan 15:3. 

     Según lo plantea el mismo texto, solo mediante la revelación y comprensión de la verdad podremos andar “…como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios”. La revelación de los asuntos espirituales es también el medio señalado por la divinidad para mantenernos fortalecidos espiritualmente y hacernos aptos para cumplir con la obra que Cristo nos asigne para este tiempo del fin. Así lo corrobora el verso 12, cuando declara: “… dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz;”. 

     En este verso se ve claramente que el milagro de la comprensión de la verdad por parte de los pecadores que hayan aceptado a Jesús como su Salvador y con ello el poder para participar de la herencia de los santos, viene del Padre, asunto corroborado en el verso 13 cuando, refriéndose a Dios Padre, plantea que es Él quien “…nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo,” 

     Así Pablo, inspirado por el Espíritu santo, declara abiertamente al Padre como el verdadero autor del plan de salvación, tema que se vuelve muy significativo si nos hacemos conscientes de que, según la Biblia, el Padre y la Ley son uno en todo sentido, por lo cual podemos afirmar que fue la misma Ley violada por los pecadores quien ideó el plan para rescatarlos y devolverle la capacidad de poder conectarse con el mundo espiritual. Siendo así, no debemos ver ninguna rivalidad entre la Ley y la Gracia, ni entre la justicia y la misericordia, por el contrario, las debemos entenderlas como caras de la misma moneda y fruto del mismo amor sanador y dador de la vida eterna. 

     Como se puede inferir, aun cuando la divinidad trabaja unida para dar vida plena a sus criaturas, es el plan de Dios que podamos diferenciar los diferentes roles ocupados por cada uno de sus representantes, no para ver quien nos ama más o quien debemos amar más, sino más bien para que sepamos dirigir nuestras peticiones de ayuda según el rol o competencia que cada uno desempeña, así como para poder mantenernos conectados a las diferentes etapas del plan según sea su desarrollo. Es Dios Padre quien “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” y es Jesús “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (verso 13,14). 

     Ahora bien, cuando Pablo va a explicar el rol de Jesús, lo hace con declaraciones muy profundas y esclarecedoras, como buscando que podamos hacer notar su preeminencia, él dice: “Él es la imagen del Dios invisible” (verso 15) luego si Dios es la Ley y Jesús es la imagen misma de Dios luego Jesús, quien encarna la gracia, no es contrario a la Ley, por lo que todo lo que Jesús mostró, enseño e hizo mientras estuvo en la tierra, es el reflejo más práctico de los principios de la Ley, Él es la Ley hecha hombre, y por eso hecha  acciones y enseñanzas, por lo que el modelo de vida del cristianismo establecido por Cristo aquí en la tierra recoge los únicos principios que, al tomarlos como norma de vida, devuelven la imagen de Dios al ser humano y le dan vida eterna y abundante, convirtiéndose en una bendición directa a las sociedades, Naciones, tribus o lenguas  que lo adopten según su propia cultura. 

     En el mismo verso 15 también se dice de Jesús que es “… el primogénito de toda creación.” Resaltado de esta manera su rol de Creador de la raza humana santa, así como también el de su posición como primogénito de la raza humana divina fundada por Él con su victoria sobre el pecado y su resurrección. 

     Esta triple obra de Jesús mencionada en estos versos, lo hace aún más preminente al ser el creador de la raza humana santa, el redentor de la humana pecadora y el primogénito de la humana divina dejando claro ante nuestra comprensión lo absolutamente indispensable que es Jesús para todo ser humano e incluso para todo el universo. Jesús es nuestro todo, ¡A Él sea la gloria por lo siglos de los siglos! 

     Ahora recordemos que esta grandiosa obra creadora, redentora y restauradora de Jesús, en favor de la raza huma caída fue ideada por la Ley en la persona de Dios Padre, pero ejecutada por Cristo, como bien lo ratifica el verso 16 cuando dice: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.”. Este verso revela la unión magistral de estos dos miembros de la divinidad, el Pade y el Hijo, en un solo pronombre “Él” cuando dice “Porque el Él fueron creadas todas las cosas” y lo más sorprendente es que no solo menciona a la tierra sino incluso incluye la creación de los cielos y todo lo que en él está “sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.” Esta declaración nos permite entender que en Jesús se unifican las acciones de la divinidad desde la misma preexistencia de todo, incluso de los cielos donde moran los angles. Como bien lo ratifica el verso 17 cuando dice: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;” 

     Al Jesús ejecutar la más profunda intención y deseo de la divinidad preexistente a todo y a todos, de dar vida fuera de Ellos, pasó a ser el miembro más completo y exaltado de la raza divina, mostrando que, cuanto más se sirve más se engrandece el ser. Pero aún más sorprendente es pensar que nosotros los seres humanos fuimos constituidos, gracias a esa labor expiatoria, “hijos de Dios” y si hijos también herederos haciéndonos participes de la raza divina. Es esta la razón por la cual podremos ocupar roles tan destacados e importantes como el mismo Jesús, ya que así Él mismo lo prometió cuando dijo “para que donde yo este vosotros también estéis”. 

     ¡Oh amor de Dios, tu inmensidad el hombre no podrá contar, ni comprender la gran verdad que Dios al hombre pudo amar! Solo esta revelación del amor manifestado por la comprensión, condescendencia y perdón por medio de los cuales el desprovisto pecador puede alcanzar estos niveles de restauración, puede trastocar la mente del pecador y hacerlo constreñir en el espíritu y producir, aun el más empedernido pecador, el deseo vehemente de servir y seguir al Señor y nunca más pecar, al punto de llegarlo a amar más allá que nuestra propia vida terrenal  y así servirle con todas las fuerzas de la existencia, con toda mente y con toda nuestra disposición. No es la fuerza, ni el miedo a una divinidad todopoderosa airada lo que nos hace santos sino la comprensión del amor de Dios al darnos todo esto sin merecernos, lo que nos motiva a servirle y a honrarle siempre y eternamente. 

     En definitiva, fue el Padre mismo quien constituyó a Cristo Jesús en “… la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;” (verso 18) y esto no por capricho o voluntad impuesta, sino “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” de la preexistencia divina. 


Lección 9

RECONCILIACIÓN Y ESPERANZA

“Al que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros llegásemos a ser justicia de Dios en él” 2 Corintios 5:21 

     En el análisis realizado en la lección pasada de los primeros 19 versos de la epístola a los colosenses, pudimos notar como la inspiración describe la preeminencia de Cristo por encina de todo lo existente sea en los cielos o en la tierra describiéndolo como: “…la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación…todo fue creado por medio de él y para él… él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; … él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” Colosenses 1: 15 -19. 

     Ahora, a partir del verso 20, Pablo aborda el tema de la reconciliación, y lo hace muy vívidamente al decir: “y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”  Con esta declaración se muestra perfectamente la finalidad buscada por la divinidad al dar la preeminencia a Cristo en todo, a saber, “reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos,” y de una vez deja en claro que esta decisión no fue arbitraria ni impuesta a Dios Padre como personificación de la Ley, diciendo: “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”.      Es claro que esta decisión se tomó después de hacer el concilio celestial, antes de que todo ocurriera, así se decidió unánimemente acogerse a la propuesta de la Ley de darle a Cristo el papel más protagónico y determinante en el plan eterno con la finalidad de poder compartir la vida eterna con las criaturas. 

     Y es que, para esta empresa tan noble de compartir la vida eterna con sus criaturas, le es indispensable a la divinidad establecer una unión íntima y absoluta con todo lo creado, y para lograrlo se necesitaba la formación de un ser donde se concretara esa unión, un ser divino humano o divino creado siendo el primogénito hijo de Dios el escogido para hacerlo. Por medio de este ser se obtendría la reconciliación, unión o paz entre dos naturalezas infinitamente diferentes como lo son la del Creador con la de las criaturas, se lograría amalgamar de manera perfecta dos razas en una sola, asi llegaría la paz en todo el universo. 

     La paz mencionada en este verso debe ser traducida como la capacidad de poder armonizar el pensamiento, el cuerpo y la ideología del Creador con el de sus criaturas de tal manera que estas últimas puedan comprender, asimilar y practicar los principios dadores de la vida originados y contenidos  en la misma mente del Dios preexistente, asunto que era naturalmente imposible debido a la grandeza infinita del Creedor versus lo finito de las criaturas, situación que impedía a la divinidad compartir su eternidad. 

     Lograr la reconciliación es un plan eterno, es decir, elaborado antes de que nada existiera por el gran Dios preexistente en quien, en su más profunda esencia,  siempre ha estado el deseo de compartir la vida eterna con otros seres al entender, en su gran sabiduría, que “no es bueno que Dios este solo” y por eso, a pesar de los peligros y del sufrimiento que sabía que esto traería, se dispuso a desarrollar el plan de vida o plan solución de la reconciliación, cuyo primer objetivo específico debía ser, formar una ayuda idónea que le permitiera procrear hijos portadores de las dos naturalezas, Creador y criatura, y por lo tanto poseedores de la vida eterna que solo Él poseía. 

     Este nuevo ser es el vínculo por medio del cual se logra la armonía o paz perfecta entre criaturas y creador. Fue Jesús el escogido para hacer posible esa unión y debido a la entrada del pecado en la raza creada a imagen y semejanza finalmente lo haría “mediante la sangre de su Cruz”. Gracias a Él se hace posible la “procreación” de hijos que compartan la herencia de vida eterna de su Padre: “Nadie, excepto Cristo, puede amoldar de nuevo el carácter que ha sido arruinado por el pecado. El vino para expulsar a los demonios que habían dominado la voluntad. Vino para levantarnos del polvo, para hacer según el modelo divino el carácter que había sido mancillado.” DTG 28 

     En el verso 21 se nos anuncia la gran noticia: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado”. ¡Tú y yo estamos incluidos en esa reconciliación! en ese llamado a la vida, en esa labor de la divinidad para lo cual Cristo se ofreció en sacrifico. Es nuestro privilegio sentirnos parte fundamental del plan eterno de dar vida a todo y a todos. Resulta increíble que a nosotros quienes, debido a nuestra naturaleza pecadora, agravamos nuestra condición de pequeñez ante el creador, colocándonos más lejos que todas las demás criaturas no caídas, “ahora os ha reconciliado”. 

     Este nivel tan alto de reconciliación amerito un nivel mas alto de entrega de lo planificado pero a pesar del dolor y gran tristeza de los seres no caídos y aún del mismo Padre, finalmente se decidió hacerlo y el comandante de los ángeles vino “en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (verso 22), así lo describe Elena de White: 

     “Habiendo emprendido la obra, la admirable obra de nuestra redención, Cristo decidió en el concilio con su Padre que no había de escatimarse nada, por más costoso que fuera, no había que guardar nada, por más alto que se lo estimara, para rescatar al pobre pecador. El daría todo el cielo para esta obra de salvación, para restaurar la imagen moral de Dios en el hombre” Carta 10, 1897

      Aun cuando es la firme decisión de Cristo reconciliara todas las criaturas y en especial  al ser humano pecador con los principios eternos de la vida contenidos en la mente del Creador y manifestados por medio de sus leyes de convivencia social, esta reconciliación amerita ser aceptada voluntariamente por parte de cada uno de nosotros para hacerla aún más efectiva y eterna, así lo explico Pablo cuando dijo: “si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro” (verso 23). 

     Es importante decir que la reconciliación no es obligatoria ni mucho menos impuesta, cada ser humano debe aceptar esta reconciliación, esto ya no depende de Cristo y la divinidad sino de la decisión y voluntad de cada uno de los seres humanos “que están debajo del cielo”, pero aun allí sigue manifestándose la misericordia ya que Cristo levanta ministros que se conviertan en los embajadores de la reconciliación, quienes compartirán con El su sufrimiento, pero también su gozo y satisfacción por la labor cumplida. Esta labor de anunciar la reconciliación, ahora cuando se ha llegado al final de los tiempos, sigue aún más vigente que nunca y quienes tengamos el privilegio de ser llamados a ella, tenemos la necesidad de aumentar los niveles de renuncia y de entrega imitando los que manifestó Cristo, ya que, por ser la misma causa tendernos los mismos efectos. 

     Por medio de Pablo podemos escuchar el mismo pensamiento que una vez tuvo Cristo como si fuera una parábola humana del ministerio de reconciliación: “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios,” (verso 24,25)

     Muy especialmente para este tiempo del fin Hoy, cuando nos han alcanzado los fines de los siglos, “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (versos 26, 27). 

     El misterio de la reconciliación será revelado más ampliamente esta generación con una manifestación de la Gracia que hoy por hoy no se conoce. Ya llego el tiempo en que este ministerio de la reconciliación bajo la predicación del evangelio de Reino de Cristo en la tierra sea anunciado y dado a conocer a fin de poder abrir el “arca de salvación” a todo aquel que, con evidencias claras y tangibles,  pueda comprender las grandes bendiciones que reporta el vivir dentro de un modelo social basado en los principios de la Ley de Dios y así, de manera consciente y voluntaria, salgan de la gran Babilonia entendida como el  sistema opresor capitalista  que impera en el orden mundial el cual es productor de la destrucción del planeta y de la aniquilación de la capacidades de pensamiento del ser humano. 

     Es necesario que todo el remanente despierte y se aliste “ante este llamado y pueda a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí.”

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.